Hay profesionales que llevan décadas construyendo en silencio una carrera sólida, coherente, sin estridencias. Ana Ortega es una de ellas. Directora general de Autoliv Valencia desde hace doce años —con un recorrido de veintitrés en puestos directivos dentro de la compañía—, gestiona una planta que fabrica airbags para algunas de las marcas de automoción más exigentes del mundo. Un producto que tiene, como ella misma subraya, una sola oportunidad para funcionar. Esa filosofía de rigor sin margen para el error impregna también su manera de entender la educación científica y técnica, y explica por qué aceptó sin dudarlo la invitación de la Cátedra STEAM, del Consejo Social de la UPV, para visitar centros escolares como embajadora del programa.
“Por un lado, considero que es importante ayudar y devolver de alguna manera todo lo que me ha permitido el haber estudiado ingeniería en la que considero nuestra Universidad Politécnica”, explica. Pero hay algo más que el puro agradecimiento institucional: la convicción de que la Cátedra STEAM está generando un impacto real y medible. “Tiene unos proyectos emocionantes que están demostrando unos resultados y una trazabilidad del impacto generado por las iniciativas llevadas a cabo, que son realmente significativos”, afirma. “La labor de Eva Turanzo y de Monica Bragado ha sido muy inspiradora para mí.”
Un airbag en el aula
Cuando Ana Ortega entra en un aula y explica lo que hace Autoliv, la reacción de los estudiantes rara vez es de indiferencia. El producto que fabrica su planta —un sistema de seguridad pasiva que debe activarse en milisegundos para proteger una vida humana— es de por sí un argumento pedagógico poderoso. “Nuestro producto despierta mucha curiosidad. Las charlas son muy participativas y recibimos muchas preguntas respecto a su diseño y su funcionamiento. Nos sorprendemos en cada visita que realizamos”, cuenta. La física y la química, dos disciplinas que en el aula a menudo se perciben como abstracciones, cobran otro sentido cuando se explican desde la ingeniería de un airbag. “La física y la química tienen un propósito”, dice con la economía de quien lleva años demostrándolo.
El programa de Embajadores STEAM UPV alcanza a estudiantes de entre 9 y 18 años, una horquilla amplísima que obliga a ajustar constantemente el mensaje. Ortega lo hace con naturalidad. “Sí, sin duda hay que adaptarlo a cada colectivo, pero el mensaje de fondo es siempre transmitir nuestro entusiasmo por la ciencia y la ingeniería”, señala. Y añade algo que resume bien su forma de ver el mundo: “Hay ciencia e ingeniería en cada pequeño detalle de nuestro entorno cotidiano.”
Esa idea —la omnipresencia discreta de la ingeniería en la vida de las personas— es el núcleo de lo que transmite en sus visitas. “En nuestro caso transmitimos que la ingeniería salva vidas. STEAM no son fórmulas matemáticas o físicas teóricas, la ciencia nos permite hacer la vida mejor a las personas”, subraya. En Autoliv, esa convicción se traduce en una exigencia constante: desafiar y redefinir los estándares de seguridad para ofrecer soluciones líderes de manera sostenible. El producto no admite términos medios: un airbag tiene un tiempo de inflado de milisegundos, y hay mucha ingeniería detrás de esos milisegundos para proteger una vida. “Nuestro producto tiene una única oportunidad para funcionar. Nuestra rigurosidad y profesionalidad son muy importantes. Hacer las cosas bien tiene un propósito claro más allá de los estándares”, afirma. Los datos globales de la compañía refuerzan el argumento con una contundencia difícil de rebatir: en 2025, sus productos salvaron 40.000 vidas y redujeron alrededor de 600.000 lesiones en todo el mundo. Es un reto que Ortega define, sin titubear, como emocionante y satisfactorio.
Velocidad, rigor y el factor humano
Veintitrés años en una industria que no perdona la complacencia dejan una marca. El sector de la automoción, y en particular los sistemas de seguridad del vehículo, ha vivido en ese tiempo una transformación radical: nuevos tipos de productos ligados a la movilidad eléctrica y autónoma, diseños adaptativos, automatización, digitalización. “Los airbags que ahora tenemos en nuestros vehículos son muy distintos a los de hace unos años y a los que vienen en un corto plazo”, señala Ortega. “Estamos diseñando productos de seguridad que protegerán a las personas en el futuro sistema de transporte multimodal.”
Gestionar esa evolución desde una planta de fabricación implica algo más que dominar la tecnología. Autoliv trabaja bajo estándares de certificación entre los más exigentes del sector —IATF, ISO—, y la directora general es clara sobre lo que eso significa en la práctica: “Para nosotros, calidad significa salvar vidas. El cumplimiento de los estándares, la rigurosidad, es una cultura. Trabajamos enfocados en la prevención, anticipándonos con evaluaciones de riesgos.” No se trata, insiste, de una cuestión de cumplimiento formal. “No se trata de cumplir estándares sino de trabajar hacia la excelencia: hacer las cosas bien a la primera, anticiparse, prevenir. Los estándares son los cimientos que nos ayudan a construir y a mejorar.”
Los momentos que definen
Preguntada por el episodio que más la ha marcado como profesional, Ortega no busca la respuesta en un proyecto técnico ni en un logro de negocio. La encuentra en las personas. “Los momentos más difíciles y de los que más he aprendido han sido los ligados a las personas: la gestión durante la pandemia, durante la DANA en Valencia… fueron especialmente difíciles”, confiesa. “Lo más importante son siempre nuestras personas.” Es una convicción que no suena a retórica corporativa en su boca, sino a conclusión ganada a pulso. “Con un buen equipo, los resultados los hacen las personas. La tecnología está disponible para todos en el mercado. Lo que de verdad marca la diferencia son las personas, es el equipo”, sostiene.
Esa misma convicción es la que lleva a los colegios. No solo el mensaje sobre la ingeniería como vocación útil y transformadora, sino también algo que a menudo se omite en el discurso STEAM: la dimensión humana del trabajo técnico. “Muchas veces nos olvidamos de la ‘A’”, dice, en referencia a las artes y humanidades que completan el acrónimo. “STEAM no solo son datos matemáticos y físicos: hay también mucha creatividad en nuestro trabajo, que es fundamental en cualquier actividad.”
Ciencia con propósito
Si pudiera cambiar una sola cosa del sistema educativo para despertar más vocaciones científicas y técnicas, Ortega lo tiene claro: más proximidad entre empresas y aulas. “Fomentar más acercamiento a las empresas y a los profesionales para poder ver la aplicación práctica que tiene la ingeniería. Charlas de empresas a alumnos y visitas de alumnos a empresas. Eso permitiría entender los trabajos tan diferentes que un ingeniero puede hacer”, defiende. El argumento no es únicamente vocacional: va más allá. “La ciencia y la ingeniería son determinantes en nuestro futuro. Podemos ayudar a las personas y a preservar nuestro planeta si lo hacemos bien.”
Ana Ortega lleva más de dos décadas demostrando que eso no es un eslógan. Es, literalmente, su trabajo.