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Miguel Ángel Savall: “Les digo a los estudiantes que su vida profesional puede empezar a los 30”

Hay trayectorias que solo cobran sentido hacia atrás. La de Miguel Ángel Savall —ingeniero informático, doctor en Tecnología y Educación, exprofesor de secundaria, empresario, profesor universitario y ahora embajador STEAM UPV— no sigue ningún manual de carrera, y eso es precisamente lo que la hace útil cuando se planta delante de un aula de cuarto de ESO. Director de Desarrollo Empresarial de Foredu Solutions SL, empresa con más de doce años de trayectoria y presencia en más de mil centros educativos en toda España, Savall es uno de los perfiles más singulares del Programa Embajadores STEAM del Consejo Social de la UPV: alguien que conoce la educación desde dentro —como docente, como investigador y como proveedor tecnológico— y que lleva ese conocimiento acumulado a las aulas.

“Lo que les traslado es que donde se ven ahora mismo no es el final del camino”, explica. “Pueden elegir carreras que les abran puertas a cosas que ni están en su cabeza todavía, especialmente en un mercado tan cambiante como el que va a traer la inteligencia artificial.” No es un discurso motivacional de manual. Es el relato de alguien que montó su primera empresa con 21 años, la vio hundirse con la crisis de 2008, hizo el máster de profesorado, dio clase durante casi una década en un colegio de Mislata, desarrolló aplicaciones educativas, impulsó un doctorado y fundó una empresa que hoy factura a escala nacional. Su propia historia es el argumento.

El aula como laboratorio

Savall llegó a la docencia por una vía de escape. Su primera empresa, dedicada al soporte informático de pymes en Jávea —su ciudad natal— dependía en exceso de las constructoras de la comarca. Cuando el sector de la construcción se derrumbó, él también cayó. “Un chaval de 20 años que no tenía ni idea de nada empezó a ver que aquello no iba bien”, recuerda con la distancia que da el tiempo. La huida lateral fue el máster de profesorado, y el aterrizaje, un colegio de Mislata con el cien por cien del alumnado en riesgo de exclusión social y refugiados de guerra.

Fue allí donde todo cambió. “Tenía un chico de Afganistán con doce años. La forma de comunicarte con él, de trabajar, era a través de traductores, de aplicaciones”, cuenta. En ese entorno extremo, la tecnología no era una herramienta opcional sino la única palanca posible. Savall empezó a desarrollar salidas a otros colegios para explicar cómo funcionaban esas herramientas, detectó un vacío enorme en la formación del profesorado y vio el nicho. “Empecé a tener conversaciones con colegios. Veía que había necesidad.” De ahí nació Foredu, una empresa que desde el principio quiso ser diferente: no una empresa tecnológica que vende a colegios, sino una empresa pedagógica con expertise técnico.

“El discurso gustó. En doce años hemos pasado de sobrevivir y no cobrar a tener presencia nacional y más de mil colegios en cartera”, resume. Lo que no ha cambiado, dice, es el espíritu: “Ser muy transparentes con los colegios, entender bien su realidad.”

Cuando la tecnología asusta

Paralelamente a su trabajo empresarial, Savall lleva años como profesor asociado en la UNIR —donde coordina prácticas del Máster de Profesorado de Secundaria y dirige TFM— y había sido previamente docente en la CEU Cardenal Herrera. Esa posición transversal —empresa, universidad, aulas de secundaria— le da una perspectiva privilegiada para observar cómo distintos actores se relacionan con la tecnología. Y lo que ve no siempre le entusiasma.

“Los chavales de ESO no perciben todavía la tecnología con un uso empresarial o profesional. Están más por derroteros tipo redes sociales”, explica. “Aunque saben que se puede monetizar: les encantaría ser influencers.” Hay entusiasmo, pero sin conciencia de las posibilidades reales. En el profesorado la situación es más compleja: “Hay quien lo tiene muy claro, pero hay muchos con temor a quedarse atrás, a que los estudiantes estén por encima de ellos. Todavía hay mucho miedo.” Lo bueno de los estudiantes, matiza, es que ese miedo no lo tienen. “Están muy cómodos, se sienten entusiasmados, y te da pie a contarles cosas que ni imaginan”.

Desde esa posición, Savall es rotundo sobre el debate público en torno a la tecnología en las aulas. “Se ha dado voz a personas que no están en el entorno educativo para tomar decisiones basadas en el sensacionalismo”, denuncia. La confusión entre el uso tecnológico en el ocio y su potencial pedagógico ha demonizado herramientas que son, a su juicio, imprescindibles. “No puedo concebir estudios universitarios técnicos sin que los chavales vengan con una base tecnológica. Y esa responsabilidad viene de secundaria.” El debate, concluye, “no debería existir, y menos politizarse”.

Errores que se repiten

Doce años desplegando tecnología en colegios le han dado a Savall un mapa muy preciso de los errores recurrentes del sector. El primero es casi filosófico: usar dispositivos para replicar lo que ya se hacía de forma analógica. “El docente mantiene su perfil de conferenciante y el dispositivo solo sirve para documentos o trabajo escrito. Eso no tiene sentido frente a una sociedad mucho más colaborativa y deslocalizada.” Romper ese anclaje metodológico es difícil, reconoce, pero es la condición para que la tecnología genere impacto real.

El segundo error es más técnico y, a su juicio, más grave. “Los colegios manejan datos extremadamente sensibles: religión de menores, enfermedades, velocidad de aprendizaje. Son datos que requieren el máximo nivel de protección.” Y, sin embargo, dice, los centros siguen resistiéndose a invertir en seguridad de red y gestión de dispositivos con los estándares que esos datos exigen. “A un colegio le cuesta entender que tenga que invertir en securizar una red. Dice: ¿pero para qué, quién va a venir a robar esos datos?”. Foredu, explica, apuesta por un perfil serio y profesional precisamente para garantizar que sus clientes afronten esos retos con rigor.

El momento del miedo

Como embajador STEAM, Savall no recuerda una pregunta concreta que le haya marcado. Lo que sí recuerda es un tono: el de los estudiantes que ya son conscientes de que se acerca una decisión importante. “Siempre preguntan con temor. Tienen mucho miedo a equivocarse en la elección de su futuro profesional.” Y es ahí donde él despliega su argumento más personal.

“Les cuento que mi vida profesional empezó a los 30 años”, dice. “Terminé la carrera, monté una empresa, se fue al garete, hice el máster, di clase, hice el doctorado. Si ahora me preguntan qué soy, la verdad es que soy un batiburrillo de cosas y vivencias”. El mensaje que les deja es sencillo: “Si el primer año os equivocáis, tranquilidad. Si no os gusta, tranquilidad.” Para alguien que lleva trece años en Foredu y que sigue dando clases universitarias por vocación, no es retórica. Es autobiografía.

A quien hoy quiera trabajar en la intersección entre tecnología y educación, Savall le da un consejo que no está en ningún máster: que asuma que el sector educativo se mueve despacio, que hay que luchar contra muchos frentes, pero que quien impacta en educación impacta en el futuro de una sociedad entera. “Le invito a que se anime. Y que sepa que va a necesitar paciencia”, concluye.