Vicente Rodríguez lleva casi diez años como director de Operaciones y Tecnología de Ascires, el grupo sanitario valenciano. Antes gestionó proyectos y tripulaciones en Air Nostrum. Antes aún, fue consultor para empresas de media España desde Valencia. La suya es una de esas trayectorias que los estudiantes de secundaria no suelen imaginar cuando oyen hablar de ingeniería industrial. Por eso, cuando entra como embajador STEAM en un aula, la primera misión es ampliarles el mapa.
Un ingeniero en un quirófano
La pregunta que Vicente Rodríguez lanza a los estudiantes antes de que puedan formulársela ellos a él es casi una declaración de intenciones: ¿qué tienen en común un piloto de aerolínea y un médico cirujano? La respuesta, que él despliega con calma en las aulas del programa Embajadores STEAM UPV, del Consejo Social de la UPV, es que ambos dirigen procesos. Y los procesos —optimizarlos, medirlos, rediseñarlos— son el territorio natural del ingeniero industrial.
“Intento que entiendan que la carrera es muy versátil, que te enseña a resolver problemas de todo tipo”, explica. “No importa tanto el sector ni el ámbito dentro del sector. He trabajado en optimización de consumo de combustible con pilotos y en optimización del flujo de pacientes en un hospital. El enfoque es el mismo”.
Lo que cambia, matiza, es la resistencia inicial. Convencer a un médico de que su trabajo tiene algo de fábrica es más difícil que convencer a un operario. “Siempre te responden que ellos manejan personas, no tornillos. Y es verdad, hay una componente asistencial diferente. Pero la parte de optimizar procesos es muy común. Lo que hay que saber es cómo ganártelos, porque son los dueños de los procesos y su prioridad es curar al paciente, no pensar en flujos”.
Valencia como laboratorio
Antes de Ascires, Vicente Rodríguez pasó trece años en Air Nostrum. Antes de Air Nostrum, seis en consultoría: primero en Arthur Andersen, luego en Altimia, una firma local gestionada en buena parte por excompañeros de la gran auditora. Una trayectoria que él mismo reconoce que podría haber resultado muy diferente si hubiera desarrollado esa etapa en Madrid o Barcelona.
“En Valencia el tejido empresarial es en general mediano. Las empresas que te contratan para consultoría son diferentes a las que lo hacen a nivel nacional”, reconoce, “pero eso significó que en seis años estuve involucrado en entre 20 y 25 proyectos distintos: sector público, sector privado, fábricas, puertos, estrategia, sistemas de información. En una gran capital quizás me hubiera quedado en dos o tres proyectos largos y hubiera visto poco más”.
Esa diversidad fue la que le preparó para lo que vino después: la capacidad de aterrizar en cualquier empresa, investigar sus procesos durante un par de semanas y empezar a aportar. Una habilidad que, años más tarde, trasladaría a los estudiantes con los que se sienta en clase.
IT y operaciones: una sola cosa
Su cargo actual en Ascires —Director de Operaciones e IT (COO/CIO)— combina dos funciones que en la mayoría de las organizaciones van por caminos separados. Para Vicente, la fusión es lógica hasta el punto de parecer inevitable.
“Cuando llegué, el grupo tenía una dedicación muy intensa en imagen médica. Y la imagen médica ya era entonces intensamente tecnológica. Desligar la tecnología de la operativa era prácticamente imposible”, explica. Con la incorporación de la inteligencia artificial y la apertura del nuevo hospital, esa integración se ha vuelto si cabe más necesaria.
Hay además una ventaja colateral que menciona con cierta ironía: “La gente siempre le echa la culpa a IT de todo. Yo no tengo esa opción. No puedo echarle la culpa a IT de que algo no funcione. Lo tengo que solucionar”.
El proyecto que ha centrado los últimos años de su departamento es el Hospital Ascires, un proceso que arrancó en 2018 con planes de negocio y funcionales, reuniones con equipos médicos, diseño de espacios y —detalle que sorprende a quienes imaginan que un COO/CIO solo gestiona procesos y pantallas— también la parte de obra civil y de instalaciones del edificio.
La pregunta que nadie esperaba
Cuando Vicente Rodríguez habla con estudiantes sobre su propia historia escolar, el aula cambia de temperatura. No era un estudiante brillante en el colegio. Lo dice sin rodeos, y el efecto es inmediato: los que están en la misma situación se incorporan en la silla.
“En la universidad encontré un sitio donde de verdad me interesaba todo lo que me contaban. Supongo que también por tener más madurez. La disfruté y la aproveché muchísimo.” Lo que viene después de esa confesión es la pregunta que más se repite en todas sus charlas, con independencia del colegio o del nivel del grupo: ¿Cómo conseguiste entrar si no eras buen estudiante?
“Noto que están muy presionados por las notas de corte. Evidentemente, les animo a llegar a la PAU con la mejor nota posible, pero también les digo que no se obsesionen. Que traten de llegar con una idea de hacia dónde quieren ir. Cada uno madura en su momento.”
Tiene 54 años y reconoce, con humor, que todavía no sabe exactamente qué quiere ser de mayor. Lo que tiene claro es que quiere ir mejorando siempre los problemas a los que se enfrenta, las organizaciones en las que trabaja. Eso es lo que intenta transmitir: que la vocación, cuando existe, es un regalo; pero que una carrera de puertas abiertas, como la ingeniería industrial, es también un modo perfectamente válido de construir una trayectoria.
El consejo para el que no lo tiene claro
La última pregunta de la entrevista es la misma que Vicente Rodríguez le formuló a su hijo, que acaba de terminar Tecnologías Industriales: ¿qué hace un ingeniero recién titulado que no sabe en qué sector quiere trabajar?
“Que se metan en un mundo de proyectos que les permita enfrentarse a muchas cosas. Consultoría, auditoría, cualquier entorno donde en poco tiempo vean muchos sectores y muchas empresas. Eso es lo que a mí me vino bien”.
Y añade algo que suena a experiencia acumulada, no a consejo de manual: “No he encontrado un sector donde el ingeniero industrial no tenga opción de aportar. En casi todos tenemos mucha capacidad. Que no tengan miedo a ninguno, aunque parezca que no es su sitio”.
Su hijo, por cierto, terminó encontrando su vocación en el último año de carrera —máquinas eléctricas, prácticas en Power Electronics— sin necesitar el consejo de su padre. A veces, la trayectoria se abre sola.