6. ESPACIO PÚBLICO.

Rafael Rivera Herráez



 

El espacio público representa la parte más accesible del territorio, de la ciudad; está dispuesto para el uso y disfrute de la ciudadanía y da carácter al paisaje en el que se enmarca. La propia convivencia  colectiva no sería posible sin el espacio público. Y son las distintas configuraciones de ese espacio, las maneras de estructurarlo, los escenarios que lo componen, una de las causas principales que nos permiten identificar, reconocer, valorar y recordar los ámbitos en los que nos movemos. Incluso la percepción de las arquitecturas y de los espacios llamados privados es diferente en función del espacio público que se desarrolla en su entorno.

 

En el espacio público aparecen con toda su fuerza variables como la escala, la proporción, el tamaño, la polivalencia, las cien miradas, las mil, las perspectivas, los escenarios, la globalidad y el detalle, lo mineral y lo vegetal, la luz y la sombra, las texturas y los matices. Todo está ahí, percibido por los sentidos y con posibilidades de generar diferentes sentimientos, sensaciones. Inquietud, sosiego, dinamismo, reposo, son situaciones diferentes que pueden producirse, todas ellas, según el tiempo, el punto de vista, el clima, el soleamiento, en un mismo lugar.

 

Porque el espacio público es, sobre todo, el lugar. Ese lugar del que nos apropiamos al decir mi calle, mi plaza, mi ciudad, aunque no esté escriturado a nuestro nombre; el que hacemos nuestro porque responde a unas necesidades que no puede resolver ningún otro espacio privado. Por eso el espacio público adquiere una importancia básica en el hecho urbano, territorial y paisajístico, porque va más allá de los límites de la propiedad y llega hasta la colectividad, porque es algo que hay que compartir, porque nos relaciona con otros usuarios también propietarios de ese mismo espacio.

 

Además es un espacio donde se produce el acontecimiento, el encuentro, la manifestación de una forma de vida, en definitiva, la expresión de la cultura de un pueblo y de un tiempo.

 

Por eso, la inversión en el espacio público como estrategia general, es una inversión al servicio de los intereses colectivos, que homogeneiza, que no admite diferencias ni segregaciones y que apunta a un principio de distribución democrática de los presupuestos públicos, siempre con el necesario control excepcional que requiere gastar el dinero de todos.

 

Por todo ello, se hace  evidente que, dadas las repercusiones que tiene el espacio público sobre la configuración de los diferentes escenarios, es un espacio especialmente sensible a su manipulación, a sus cambios, produciendo repercusiones económicas en su entorno que determinan esta o aquella inversión. Por eso el aprendizaje de la metodología de intervención y de los instrumentos a nuestro alcance es básico para el taller XXI

 

Hoy en día, cuando el territorio se ha convertido en un tablero financiero al servicio de las minorías más poderosas, cuando el espacio público está siendo utilizado como moneda de cambio para la revaloración inmediata del suelo, y por ello del enriquecimiento rápido de algunos, precisamente ahora es cuando ese espacio público adquiere una importancia trascendental. Y la tiene en el marco territorial para intentar recuperarlo como elemento vertebrador del hábitat al servicio de la colectividad, para independizarlo de los intereses particulares de aquellos que pretenden ponerlo a su servicio exclusivo. Es decir, la custodia y potenciación de este espacio por parte de la administración se hace ahora más imprescindible que nunca.

 

Por otra parte, el liberalismo a ultranza predominante en la ordenación del territorio, ha dejado de lado el protagonismo de este espacio y lo ha ido subordinando a un papel secundario al servicio de los espacios rentables, desde el punto de vista económico, olvidando el papel solidario y colectivo de cualquier ordenación.

 

Desde el Taller XXI pensamos que los objetivos de la intervención sobre el espacio público han de volver a ser aquellos que coinciden con las necesidades de la población, con sus deseos, con sus sueños por una vida mejor. Sus líneas de actuación deben estar dirigidas a la recuperación del protagonismo de este espacio en el ámbito de la vida compartida por ciudadanos y ciudadanas. En definitiva, la estrategia debe apuntar a un espacio público culto y generador de cultura, vivo y generador de vida, colectivo y generador de convivencia.

 

La fragilidad de este espacio, producida por las tensiones inversoras a las que está sometido, sólo puede resolverse con un compromiso entre los responsables públicos, los técnicos y los usuarios, en un tratamiento cuidado y sensible, basado en su historia, y que refuerce y consolide ese papel predominante que ha tenido en el desarrollo de la vida humana en el planeta.

 

Sólo mediante la recuperación del espacio público, asumiendo la intervención decidida sobre él, considerando todas sus circunstancias y variables, podremos reconducir el proceso actual, dotar a este espacio de la fortaleza que merece  y devolverle un protagonismo imprescindible y nunca debió perder.

 



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