4. PROYECTAR SOBRE LA CIUDAD CONSTRUIDA.

Àngel Martínez Baldó



 

En el complejo mundo de la actividad urbanística participan muy diversos actores, que intervienen de modo simultáneo o sucesivo en momentos diferentes de la transformación material de nuestras ciudades, desde la formulación de diagnósticos y objetivos, la regulación administrativa, la imaginación de sus formas y contenidos, la gestión de los procesos económicos, la construcción física de lo proyectado o la reflexión sobre sus resultados y los cambios que suponen en las condiciones de vida de sus habitantes. En el caso de los arquitectos, además de obtener una formación global que nos permita situarnos en este campo abierto y sujeto a una evolución constante, existe un trabajo específico para el que debemos estar educados: el de la capacidad para proyectar las formas de lo construido en un nivel que supera la escala y el significado del edificio individual para referirse a ámbitos y programas de mayor amplitud.

 

1.      El proyecto urbanístico, en sus diversas acepciones (plan, proyecto urbano, proyecto arquitectónico de escala urbana, con límites imprecisos entre todos ellos), es un acto complejo que requiere la presencia de saberes diversos. En primer lugar se trata de una actividad dirigida directamente a la  transformación de lo existente. El sentido del tiempo aparece de este modo como un aspecto relevante, tanto en su contenido histórico, de comprensión de lo nuevo como continuador/modificador de lo existente, como en su aspecto de regulación de un proceso de construcción de la ciudad y el territorio que se desarrollará a lo largo de un periodo dilatado de tiempo.

 

La manera en que los ciudadanos van cambiando su propia visión, y con ella la utilización de los nuevos espacios de una ciudad, como sucedió en la construcción de los ensanches o  con la recuperación reciente de las áreas históricas, permite apreciar el alcance del sentido temporal de los proyectos. En este sentido Philippe Panerai (1) ha incidido en sus escritos en el hecho de que los proyectos urbanísticos deben contener en si mismos no solo la previsión de su desarrollo sino el germen de su propia transformación en el tiempo, una transformación de la que no se pueden precisar los limites.

 

2.      Esta misma consideración temporal nos debe hacer dirigir nuestra atención hacia las consecuencias que los procesos de transformación espacial pueden tener para la vida de los ciudadanos y para las  generaciones futuras. La necesidad de incluir en los proyectos la defensa y mejora de los valores ambientales y paisajísticos, o la aplicación de los criterios de sostenibilidad para la transformación urbana no son aspectos complementarios ni aditamentos ornamentales de los proyectos, sino que deben estar integrados en el propio método de trabajo y en el sistema de valores que los sustentan, aunque en ocasiones se formulen en niveles diferentes al del proyecto o a través de otros mecanismos de análisis e intervención.

 

La reducción en el consumo de suelo y de energía, la apuesta por formas densas y continuas de construir la ciudad, la reutilización y transformación de la ciudad construida, además de asentarse en la tradición histórica de la cultura y la forma de vida de nuestro entorno geográfico, adquieren en el momento actual un sentido de estrategia ineludible para el futuro de los asentamientos humanos.

 

 

3.      Requiere una actitud de sensibilidad hacia lo existente, de lectura de la ciudad y del territorio, una lectura que no se detiene en el pasado sino que identifica el momento actual y debe estar abierta hacia la transformación, hacia los cambios. Por esta razón es frecuente que los cursos de urbanismo planteen inicialmente a los alumnos cuestiones acerca de como mirar la ciudad, como leerla e interpretarla. El conocimiento de la ciudad, la cultura urbana, permite extraer las lecciones implícitas en su construcción histórica, en las formas que ha experimentado con éxito para transformarse, adaptándose y modificando su base territorial. Esta actitud,  interpretada desde de su poética personal, es la que manifiesta explícitamente el arquitecto portugués Alvaro Siza como generadora de algunos de sus proyectos: la repetición de pequeñas unidades que aseguran la formación de un tejido continuo, del que emergen los equipamientos como acontecimientos puntuales, en los casos de Évora o Lisboa, o la doble matriz donde superpone las trazas de la retícula colonial y las reglas de composición de las casitas chinas de dos plantas, en el proyecto de Macao.

 

4.      La atención a lo existente  exige un acercamiento cuidadoso y riguroso al objeto del proyecto, a la estructura urbana y al territorio en que se inserta, que nos permita apreciar sus características y potenciar sus cualidades. Como señala el arquitecto francés Yves Lion (2), al contexto, aunque sea  para darle la vuelta, hay que amarlo un poco. De esta manera el proyecto estará enraizado en las peculiaridades de lo local, en el respeto por los valores del territorio, en la identidad y en la diferencia,  a través de las cuales se relacionará con la geografía, con la historia, con la topografía, con la geometría.

 

Aunque el conocimiento de los ejemplos mas valiosos de la historia del urbanismo, o de las propuestas que se plantean los retos compartidos de las ciudades contemporáneas constituyen un rico e imprescindible bagaje para los proyectos,  la repetición acrítica de modelos de supuesto valor general ha servido de coartada para muchos proyectos responsables de la uniformización y banalización de muchos de nuestros barrios y ciudades. La evolución, a lo largo del siglo pasado, de las actuaciones urbanísticas, de las teorías que las han sustentado y de las posiciones que las han cuestionado, y en particular la larga trayectoria del urbanismo del Movimiento Moderno, permite entender claramente las posibilidades y los importantes riesgos generados por la utilización de modelos universales para la construcción de la ciudad.

 

5.      Deben tenerse en cuenta las nuevas manifestaciones  culturales, los cambios en las condiciones de vida, los valores sociales emergentes. Algunos aspectos se manifiestan de modo repetido en los mas lúcidos análisis sobre los objetivos del urbanismo en el momento actual, de entre los  cuales cabe señalar:

 

-          Los proyectos deben responder a la mejora en las condiciones de vida de los ciudadanos, incidiendo en la creación de una ciudad de calidad, en que la cohesión social, la mejora de la convivencia y la sociabilidad  sean valores más relevantes  que la mera eficacia funcional o el desarrollo económico. Frente a la zonificación y la segregación espacial, la formación de barrios con una composición compleja, con diversos tipos de viviendas y de actividades, incluyendo una diversidad de población, de equipamientos y servicios, con limitaciones al tráfico automovilista y potenciación de otros sistemas de movilidad se manifiestan como alternativas de mejora cuya efectividad ya puede considerarse contrastada.

 

-          En este sentido, la estructura y la forma del espacio público (jardines, plazas, espacios abiertos, ejes viarios, equipamientos, infraestructuras,  tejidos urbanos...) se convierte en un elemento fundamental de la ciudad y por tanto del trabajo del arquitecto.  Es precisamente la calidad del espacio público la que permitirá encontrar una diversidad de propuestas que puedan resultar adecuadas para un mismo lugar, asegurar el funcionamiento social y simbólico de los proyectos e integrar fácilmente  los sucesivos cambios que la evolución urbana vaya produciendo. Podemos comprobar esta afirmación en nuestra ciudad con los conjuntos de plazas de algunas zonas históricas o con el papel de la Gran Vía respecto a los tejidos de ensanche contiguos. 

 

-          Como apunta el arquitecto Josep Mª Llop (3), en estos espacios públicos se debe introducir el paisaje y la naturaleza como un elemento esencial, ya que en él se sintetizan los procesos del carácter natural, geográfico y también humano de formación de la imagen colectiva de nuestros territorios. Esta necesidad se hace todavía mas evidente en lo referente al tratamiento de los grandes espacios periféricos resultantes de la extensión de las redes de infraestructuras y de la dispersión acelerada de las formas urbanas y en la incorporación al espacio urbanizado de áreas que conservan sus valores rurales o agrícolas. 

 

 

6. Se trata, para finalizar,  de una actividad de proyecto, en la que se permita desarrollar la creatividad, la  capacidad de propuesta, la valoración de los matices y las diferencias, la relación abierta con otros campos de la cultura, pero en un terreno en el que la arbitrariedad debe reducir sus márgenes ante la evidencia de la complejidad de sus contenidos y de las importantes consecuencias sobre la vida, individual y colectiva, de los ciudadanos actuales y futuros.

 

 

(1). Philippe Panerai y David Mangin. “Proyectar la ciudad”. Ed. Celeste. Madrid 2004.

(2). Yves Lion. En “Grand Prix de l’urbanisme 2005”. M.T.E.T.M. Paris 2005.

(3). Josep Mª. Llop. “El papel del urbanista en el siglo XXI” Jornadas de Urbanismo A.E.U.T. 2003.

 



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