2. EL MEDIO AMBIENTE Y LA ORDENACIÓN DEL TERRITORIO.

Vicente Torres Castejón



 

El Taller XXI de Urbanismo se propone enriquecer los programas tradicionales de la disciplina  con la introducción de unas áreas de conocimiento que ya son habituales  en la práctica urbanística europea, pero que hasta ahora apenas se han incorporado a los curricula de la Universidad española.

No podemos ignorar que las ciudades se crean y se desarrollan en un entorno natural que proporciona oportunidades, pero que también presenta riesgos. El territorio  tiene una capacidad de acogida limitada para las actividades humanas y la urbanización, su fragilidad se está poniendo en evidencia con la degradación de nuestro entorno y la agudización de los problemas ambientales globales. Los recursos naturales son cada vez más escasos, la huella ecológica de las ciudades llega cada vez más lejos, y no podemos seguir destruyendo los mejores suelos agrícolas, irremplazables, ni confiar en los combustibles fósiles como fuente inagotable de energía. Se hace necesario comprender los ritmos de la naturaleza, integrar más los espacios verdes en el diseño urbano, y aprovechar las tecnologías más avanzadas y de menor impacto para la regulación climática de las viviendas y áreas residenciales, ahorrando el recurso a fuentes energéticas externas, e incluso contribuyendo a la generación de energía procedente de fuentes alternativas (orientación, ventilación, aislamiento, integración de la producción de energía solar térmica y de electricidad fotovoltaica, aprovechamiento de la energía geotérmica...). La construcción, la urbanización del siglo XXI ya no puede plantearse al margen de estos conocimientos, suficientemente probados y disponibles.

 

La ciudad, la urbanización, también resultan frágiles cuando se ignoran de forma repetida y suicida los condicionantes y limitaciones impuestos por la naturaleza. La catástrofe del huracán Katrina en  Nueva Orleáns (agosto de 2005), por citar un fenómeno reciente, fue una muestra evidente de ello. El término sostenibilidad está ya consagrado actualmente, incorporándose a muchos discursos políticos o corporativos, si bien en muchos casos de forma simplemente retórica. Sin embargo, resulta conveniente aproximarse de forma rigurosa al concepto de sostenibilidad, para incorporar al planeamiento urbano las premisas y propuestas coherentes con el mismo. En la práctica profesional actual no puede obviarse la preocupación por un urbanismo más sostenible.

La visión de la ciudad como un ecosistema, compuesto de elementos físicos (territorio y edificación) y organizativos, así como una serie de flujos internos y con el exterior, corresponde al enfoque de la Ecología urbana, y permite comprender mejor tanto el funcionamiento de la ciudad como las implicaciones de las actuaciones urbanísticas. Como se señala acertadamente en la Carta de Aalborg, de las “Ciudades europeas hacia la sostenibilidad”, en las ciudades se encuentra el origen de la mayoría de los problemas ambientales del mundo, y en ellas deben producirse los cambios necesarios para corregir las tendencias hacia la insostenibilidad.

De la calidad ambiental urbana depende también la habitabilidad de la ciudad y su atractivo urbano, o por el contrario su efecto expulsión, que centrifuga la población hacia el exterior, provocando una ocupación extensiva del territorio, y que degrada y contamina el territorio antes considerado como rural. Los modelos de urbanización, la dispersión o concentración de la población, la centralización o dispersión de los equipamientos... determinan el factor de proximidad y la accesibilidad de los residentes a los servicios, y están muy relacionados con los sistemas de transporte, y con el mayor o menor uso del automóvil (la principal amenaza ambiental para nuestras ciudades). La forma urbana es así un factor que condiciona la mayor o menor sostenibilidad de la ciudad.

Existen diversas estrategias urbanas hacia la sostenibilidad, como la contención del crecimiento,  el reciclado y la  recuperación de espacios (brownfields); la creación de densidades adecuadas y de una mayor diversidad de actividades (frente a la zonificación excesiva y el “urban sprawl”); la minimización de los flujos de recursos y residuos, y el mayor “cierre” de dichos ciclos (energía, agua, residuos, vertidos...); el diseño de barrios y pueblos “ecológicos”, más autosuficientes, con un alto grado de proximidad; la rehabilitación urbana ecológica, y el reverdecimiento...

Como ya se ha señalado, la movilidad urbana se ha convertido en uno de los elementos que afectan en mayor medida a la sostenibilidad,  por sus impactos en la demanda de suelo, en la contaminación, en el diseño y en la vida de la ciudad. Las ciudades se plantean la necesidad de la recuperación del espacio público sacrificado al automóvil, para mejorar la movilidad a pie, y para otros usos ciudadanos. Esto forma parte de los planes de movilidad sostenible que están poniendo en marcha muchas ciudades, potenciando además el transporte público y dando una oportunidad a la bicicleta como vehículo urbano de menor impacto.

La gestión de la vida urbana y la adecuación del planeamiento hacia una mayor sostenibilidad tienen ya una larga experiencia en Europa. A partir de la citada Carta de Aalborg y de la creación del movimiento de “Ciudades europeas hacia la Sostenibilidad”, que actúa mediante instrumentos tales como la implementación de las Agendas 21, las auditorías ambientales urbanas, los indicadores de sostenibilidad, los planes de acción sectorial, y sobre todo de la participación y la implicación ciudadana en los temas ambientales urbanos.

 

La idea de las ciudades sostenibles se insinúa ya en los proyectos de nuevos barrios “ecológicos”, que recuperan la escala humana del planeamiento, incorporan tecnologías  blandas y energía renovable, y limitan la accesibilidad en automóvil. Movimientos de urbanistas del norte de Europa y de Estados Unidos, encuadrados en el  denominado “New Urbanism” revisitan el concepto de “ciudad mediterránea” como modelo de hábitat, justo cuando en nuestra área estamos viviendo el proceso de destrucción de dichas ciudades compactas, multiactivas y accesibles. Conocer las tendencias y experiencias actuales, accesibles a través de las “redes” de ciudades y las bases de datos de “Buenas prácticas” proporciona multitud de ejemplos útiles para nuestra actuación urbanística.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que la práctica de la ordenación territorial muchas veces supera el marco municipal, al cual se circunscribía prácticamente hasta ahora la formación del arquitecto. Las actuales áreas urbanas obligan a considerar una dimensión mayor: metropolitana, comarcal, o incluso regional. El tratamiento de las áreas más frágiles ambientalmente (espacios naturales, áreas costeras, rurales o de montaña...) y la necesidad de integración de dichas áreas con las zonas más densamente urbanizadas, exige también dotarse de una visión suficientemente amplia de sus problemas, de los impactos derivados de la urbanización, y de las posibles líneas de actuación para articularlas de manera más armoniosa. El paisaje como recurso tampoco puede ser despilfarrado, buscando únicamente su valorización económica, sino que debe ser preservado al máximo como un bien público que mejora y embellece cualquier actuación respetuosa con el mismo. Por estas razones se incorporará al programa una visión global del territorio, y de sus instrumentos de ordenación, sin dejar de seguir dedicando una parte importante del mismo al planeamiento estructural puramente urbano (a escala local).

La intervención territorial se articula así mediante una idea previa de las bases necesarias para la ordenación del territorio, una definición de objetivos y unos criterios de intervención, asumiendo las técnicas y los  instrumentos de  lo que ya se denomina el planeamiento sostenible.  La ordenación territorial puede venir determinada por un planeamiento general, global, sea a escala local, comarcal, o regional, o por un planeamiento sectorial, que condiciona los demás aspectos (como viene ocurriendo sistemáticamente con el viario, mediante los planes de carreteras).

No se trata de una mera elección de estilo. En el presente siglo no podemos seguir soportando las graves implicaciones derivadas de  eludir una visión global de los problemas urbanos, o de sacrificar el planeamiento general por una propuesta de un promotor privado, o por una práctica proyectual de detalle, por más genial que sea su autor. En definitiva, no podemos ignorar los criterios ambientales y sostenibles necesarios para el planeamiento, y en esa línea se sitúa el trabajo y las propuestas del Taller XXI. 

 



        vuelta a la página principal