1. URBANISMO Y SOSTENIBILIDAD, ¿UNA CONTRADICCIÓN EN SUS TÉRMINOS?

Fernando Gaja i Díaz



 

El tsunami urbanístico que arrasa el litoral ibérico mediterráneo, junto con las réplicas mesetarias o cantábricas, fijarían de forma inequívoca la cuestión: ¿es el Urbanismo, tanto su praxis como el corpus doctrinal que lo sustenta, contradictorio o antagónico con cualquier reflexión, con cualquier propuesta que discurra por la vía de la sostenibilidad?

 

Primero cabría definir, mínimamente siquiera, el resbaladizo y elástico término, pero para salir del paso podemos enunciar lo que constituye su núcleo: la existencia de límites. Sostenibilidad equivale a límites; límites al consumo, a la ocupación del territorio, a la urbanización sin freno ni control.

 

Hoy las evidencias y los datos disponibles nos muestran un escenario donde el capital financiero ha irrumpido, ha copado el negocio inmobiliario, imponiendo su ley, sus objetivos, sus criterios, su ideología; arrinconando, descalificando cualquier otro planteamiento, el saber acumulado a lo largo de casi dos siglos; las ideas, los instrumentos que limiten o coarten su capacidad de explotar, de transformar, de crear “riqueza”. Hablar de Urbanismo, ahora y aquí, a principios del siglo XXI y en este Estado, es hablar, es actuar en el ámbito del puro negocio inmobiliario. Pero no siempre fue así. Conviene refrescar la memoria, arteramente silenciada, y reivindicar, precisar la existencia de otro Urbanismo, guiado por criterios distintos y con resultados nítidamente diferentes.

 

El Urbanismo que hemos conocido, el que ha guiado la construcción del espacio urbanizado a lo largo del siglo XX, es (ha sido) el Urbanismo de la sociedad industrial, el de la modernidad. El Movimiento Moderno, como icono, tótem e incluso tabú, es una de sus formalización, una plasmación plástica, adobada con ideas, de amplio consenso, sobre salubridad pública y funcionalidad. Con independencia de su Arquitectura, el Urbanismo de la Modernidad se ha fundamentado en tres valores centrales: racionalidad, productivismo y reformismo.

 

La racionalidad es la nota dominante de toda la modernidad, el valor supremo y distintivo de la sociedad industrial. La “racionalidad” otorga veracidad, validez. Frente a las pautas de las sociedades teocráticas donde el saber, la autoridad y la legitimidad emanaban de lo dispuesto en los libros sagrados o en sus delegados terráqueos —no olvidemos que las monarquías absolutas se consideraban en muchos casos, emanadas de los poderes divinos—, la Revolución Industrial antepuso la razón. Nada era admisible si no era racional, lógico. Aplicado a las ciencias de la naturaleza, la racionalidad funcionó como un reloj perfectamente ajustado, pero su transposición a otros campos acarreó problemas imprevistos. Perplejos comprobamos que los saberes y las actividades sociales no estaban presididos por una única lógica, lineal, mecanicista, que la interacción del observador, del científico, del pensador, alteraban los planteamientos del problema; y su solución. En Urbanismo, por ejemplo, es posible abordar el problema de la construcción del espacio urbanizado desde lógicas diferentes, y aun antagónicas. Lo hemos verificado —y sufrido— luego, especialmente a finales del siglo XX, cuando abandonada la lógica social, reformista, se impuso la lógica empresarial, mercantil, inmobiliaria, como criterio de validación y guía para la acción. Racionalidad sí, pero sabiendo que no es única, que no existe una única lógica, que esta es compleja, caótica —caótica no implica que carezca de sentido—, multidisciplinar, y que aceptar unas reglas del juego, una aproximación, un método es vincularse a unas soluciones, que desde “esa” lógica particular pueden ser plenamente “racionales”, coherentes.

 

La segunda pata del trípode en que se basaba el Urbanismo moderno era, y es, el del productivismo o desarrollismo. La modernidad, la sociedad industrial parte de la absurda creencia, sin base lógica, ni científica, de la infinitud de los recursos, de la ilimitada capacidad del planeta para absorber todos los residuos, de atender todas nuestras demandas, los consumos ilimitados, de poder dar satisfacción a todos nuestros deseos y caprichos. Cuando se consolida la sociedad industrial, en el siglo XIX, el entorno social y humano es de una extrema dureza, pero todo el mundo está convencido de que el futuro va a ser inevitablemente mejor: un porvenir en el que todos perfeccionaríamos nuestra condición, nuestros niveles de consumo —por la vía del capitalismo o por la del socialismo, tanto da a estos efectos—. De nuevo, hoy sabemos que no es así, que no puede ser así. El pesimismo, el profundo desencanto, la falta de ideales, de un proyecto transformador que azota a las nuevas generaciones es un reflejo de la quiebra de esta ilusión. Somos conscientes, percibimos, que en el futuro no podremos seguir consumiendo “planeta” de la forma insensata y depredadora que lo estamos haciendo (aunque nos engañemos alargando la borrachera consumista hasta el final). Si la sociedad de la modernidad, en general, está basada en el crecimiento sin fin, en la expansión de la producción y del consumo —en la economía tradicional la falta de crecimiento se asocia a crisis— en Urbanismo este aserto alcanza niveles axiomáticos: no se le concibe si no es para expandirse, para colonizar el territorio entero, para urbanizar hasta el último rincón —salvaguardando, “protegiendo” alguna reserva, algún “bantustán” a modo de ejemplo de lo que fue la tierra antes de que la devoráramos—. Nuestro país, valenciano, es espantosamente ejemplar: en pocos lugares la acción urbanizadora ocupa suelos y terrenos, los urbaniza y los edifica, sin el menor respeto, sin miramientos, sin consideración alguna sobre sus consecuencias e impactos.

 

Pero este productivismo agoniza. Es un enfermo terminal que goza de excelente buena salud, mejor dicho de un imponderable aspecto. No nos engañemos: el modelo está agotado, las evidencias son tan abundantes y contundentes que sólo nuestros prejuicios nos impiden verlas. Hora es pues de construir un Urbanismo alternativo al “exquisito cadáver” que es el actual. Un Urbanismo no basado en el crecimiento: el del siglo XXI, que será el de la transformación, a diferencia del pasado: el de la expansión.

 

Finalmente, el tercer valor del Urbanismo fue el del reformismo. El Urbanismo moderno nació para resolver los graves problemas que planteaba el despliegue espacial de la urbanización en la naciente sociedad industrial. Más allá del diseño urbano —aunque incorporándolo— se centró en la resolución de los gravísimos problemas sociales: el alojamiento, la sanidad, el transporte, los equipamientos públicos… La idea que presidió esta intervención, el objetivo central era el de reequilibrar, corregir las desigualdades, mejorar las condiciones de vida. Una actitud, un enfoque reformista, alejado por igual de los planteamientos ultraliberales —ajenos a toda ajuste que no fuera impuesto por el mercado— y de los revolucionarios —que entendían las contradicciones y problemas urbanos como el reflejo de la infraestructura social, de un sistema injusto que había que derrocar, posponiendo la mejora del medio urbano a la consecución de este objetivo—La institucionalización del Urbanismo en la esfera de lo público, a lo largo de gran parte de los siglos XIX y XX, su asunción como servicio (antes que negocio privado) explican su evolución, la formación de un corpus doctrinal y teórico, su práctica, sus éxitos y sus fracasos.

 

Pero a finales del siglo XX este principio se quiebra, o, al menos, se pone en cuestión. La llamada revolución conservadora, neoliberal, fielmente ejecutada por los Reagan-Thatcher y sus epígonos, afecta profundamente a la práctica urbanística. Sus corifeos nos informan desde entonces que el Urbanismo no es posible[1], que abandonemos toda intención planeadora, toda voluntad de anticipación, de previsión, de control, de ordenación global. Sólo nos quedará el Gran Proyecto Urbano[2]: caro, ostentoso, simbólico, de Arquitectura de firma (o de marca), perfectamente inútil, tremendamente lucrativo para el sector privado —parasitando al público, sin excepción—. Esto nos proponen para el siglo XX: la reducción del Urbanismo al Gran Proyecto Urbano. A partir de ahora no es políticamente correcto pensar en términos de globalidad, debemos dedicarnos a “crear”, sin pensar en la ciudad —o en la no-ciudad— que sale de nuestros lápices. Y los arquitectos tan contentos: por fin hemos recuperado protagonismo, y la prensa los cita con nombres y apellidos.

 

No discurre nuestra propuesta por esta alfombra de gloria y glamour. El Urbanismo debe ser social, recuperar sus objetivos primigenios, y metodológicamente no limitado al Proyecto Urbano; adecuando los instrumentos a la escala, a la naturaleza del problema, a los objetivos, sin renunciar nunca a la comprensión de la globalidad, a la reflexión sobre el futuro, un escenario incierto, complejo, caótico, pero no aleatorio y mucho menos irrelevante.

 

Urbanismo y Sostenibilidad no son términos antitéticos. Lo es sí, el Urbanismo actual: guiado por la lógica inmobiliaria, productivista, voraz, sin capacidad de contención, ilimitado, reducido al Proyecto, disciplinarmente autista, insensible a los problemas sociales, especulativo, hostil, banal, segregador y privatizador de espacios. No es ese el Urbanismo que queremos: una disciplina abierta, interdisciplinar —no multidisciplinar, no un tutti fruti de ciencias y saberes—, social, amplio, consciente de las limitaciones que impone, cada vez más duramente, el ecosistema, el planetario y el local. Es esa nuestra propuesta.

 

[1] Literalmente así titulaba Oriol Bohigas un contundente artículo publicado en 1981. Bohigas, Oriol [1981]: El Urbanismo no es posible. Arquitectura, COAM, Madrid, nº 232, pp. 24-25. Añadamos, que tiempo después ("El País", 4 de noviembre de 1986), el mismo Bohigas publicaba otro titulado “Muerte y resurrección del Planeamiento Urbanístico” en el que se desdecía de algunos de sus impactantes planteamientos, probablemente alarmado por los excesos de sus fieles y seguidores. Las posiciones de Bohigas en contra de las aproximaciones holísticas o globales a la intervención se encuentran detalladamente expuestas en su libro “Reconstrucció de Barcelona”. En su apoyo invoca argumentos filosóficos, sociales, políticos e incluso urbanísticos. Unos planteamientos que han guiado lo que Bohigas denominó “Reconstrucció de Barcelona”, una operación cuya valoración crítica requiere superar la potente cortina mediática urdida en torno a ella.

 

[2] La expresión de “Gran Proyecto Urbano”, incluso sus siglas GPU, ha trascendido las fronteras estatales. En la publicación conmemorativa de la investidura de Nuno Poras como Doctor Honoris Causae por el Politécnico de Milán, donde se recopilan sus mejores artículos, se incluye esta denominación en castellano, en textos en italiano y portugués, al tiempo que se la considera la gran aportación de la Urbanística finisecular estatal, una valoración que no compartimos.

 



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