La cama metálica


Domingo después de exámenes, nueve de la mañana. Apretada la agenda, pero agradable por fin: un viaje a través de la soleada geografía del sur de Valencia para jugar un partido de baloncesto, una buena comida, unas gotas de ternura cinematográfica en dolby-stereo, una buena cena, y, por fin, el reposo en el sofá.

Medio en sueños me zarandea mi padre por el hombro, diciéndome que a la cama. Tengo el despertador a las seis, pues mañana tengo Antenas, algo que nadie debería perderse. Me meto en el sobre dispuesto a descabezar un sueño tranquilo, y merecido, de unas seis horas.

Bien, aquí empieza la fiesta: sobre mi cabeza suena un golpe de metal, el girar de tuercas y tornillos, su rodar por mi techo, el martillear sobre plano infinito. Mis vecinos, los guays de arriba, intentan arreglar algo. Le digo a mi padre: "¿Qué coño es ese ruido?", "No sé," contesta, " pero no digas nada". Bueno, sí, es difícil no cabrearse a las cero cero treinta después de un día largo, aunque perfecto. Pienso: "mi padre intenta enseñarme convivencia, así que, lo haré tanto por él como por mí, cerraré la boca".

Me tapo hasta las orejas; ¡coño!, si parece que paran; esta es la mía ... pin pan trequetrec y la puta risa cabrera, deberías oírla, bee-e-e-e, de uno de mis bien amados putos vecinos de arriba. Me viene el recuerdo del café que tomé a las cuatro; pura psicología, tú.

Saco los brazos y, obsevando al negra obscuridad, trato de pensar qué tripa se les ha roto que no puede esperar a mañana: suena a radiador eléctrico, pero parece más pesado, quizás un radiador de los que llevan la bombona de butano dentro, no, es más grande. ¡Me cago en la leche! ¡Suena como una cama metálica! Sí, creo que es eso, y que ACTV estará cerrada hoy por reformas.

Se añaden de fondo los estrepitosos y solidarios roquidos de, y este sí, mi bien amado progenitor, que no hubiese tenido problemas para dormirse en pleno despegue del Challenger, ni se hubiese enterado de la explosión más que por San Pedro.

Rondan ideas por mi cabeza, pienso que la venganza no tiene por qué ser inmediata: ¿Y si les pego un cartelito en su puerta que rece "¿qué tal la avería nocturna?"?. No, muy sencillo, pues no creo que tengan mucho ego que herir. Piensa McFly, piensa ... ¿Y si marco el 003, pido su número, y les llamo todos los domingos a las nueve de la mañana, cuando ciegos de pastillas y rayas de Spook, se meten en la puta cama metálica? Dale, dale cabrón, que yo me defiendo con mi pluma. Con el sonido a caldera que despide eso a ver si te rebienta en los cuernos.

Mientras escribo vuelve a sonar la risa de cabra de uno de ellos, y le haría una estatua a quien dijo que la venganza es un plato que se sirve frío y un traje de pino al tal Shakespeare por lo de la paciencia es una virtud.

Pienso en JBL's de 500 W pegados en el techo boca arriba con música de Heidi y canciones de Lucas Grijander Klander, porque si les pongo bakalao igual se animan y me arreglan la ducha, sí, esa que sin necesidad de abrir yo el grifo cae sobre mi bañera. Ellos nunca leerán esto, y vosotros pensaréis, muy acertadamente, que tengo una mala leche del copón, pero seguro que nos partiríamos de risa si pudiésemos ver la cara que ponen los domingos cuando no pueden coger el teléfono, porque están ensartados, cual en artilugio de tortura medieval, en los muelles de la cama metálica, viendo el mundo en colores, mientras yo leo el Marca disumuladamente detrás de mis gafas de sol, observando el teléfono de la cabina descolgado, con sonrisa macabra, sin poder oírles maldecir a Telefónica, en una bonita mañana fresca y soleada del húmedo invierno valenciano. ¡Y cómo me gusta esta cabina los domingos por la mañana!

The Cowboy.


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