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Vicente Ferrer Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia. Investido el 6 de octubre de 2000 |
Excmo. Sr. Rector
Excmas. e Imas. Autoridades,
Señoras y señores:
Valencia como punto de partida. Valencia como punto privilegiado de encuentro. Agradezco a la Universidad Politécnica la invitación que me ha permitido, una vez más, regresar al entrañable escenario de mi formación intelectual y profesional, para encontrarme hoy, aquí, con Vicente Ferrer, - también él de retorno a esta tierra- y acompañarle en este "trance" de su nombramiento como Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia.
"La vida bien empleada es larga", podríamos decir, tomando prestadas las palabras de Leonardo da Vinci. Y si la vida de todo ser humano es un viaje a través del tiempo y del espacio, que duda cabe que la de Vicente Ferrer ha sido, en estos sus ochenta primeros años, un viaje dilatado, rico y enriquecedor como pocos, pleno de buenas obras y de resultados positivos. Un largo viaje, tan útil, tan bien empleado, tan protegido, como a él le gusta decir, por la Providencia, por la bondad divina, que de él ha nacido el embrión de un mundo mejor.
Un largo viaje en el tiempo en el que destacan algunas fechas y hechos especialmente relevantes y ya bien conocidos de su biografía: la tragedia de la guerra civil; la entrada en la Compañía de Jesús; su primera llegada a la India; el encuentro con la que habría de ser luego su mujer y su compañera...-. Y un largo viaje en el espacio en el que los nombres de algunos lugares brillan con especial intensidad: la Barcelona de su infancia, el Seminario del Monasterio de Veruela, Bombay o la puerta de entrada a la India, la misión de Manmad, y como no, Anantapur, en el estado indio de Andra Pradesh, sede del Consorcio de Desarrollo Rural y lugar en el que Vicente y su equipo trabajan desde hace más de treinta años.
Pero también, un largo e intenso viaje espiritual lleno de aventuras, lleno de conocimientos. En el punto de partida, nos cuentan sus biógrafos, la música y el coro de la catedral de Barcelona, como primer contacto con la espiritualidad. Luego, las estaciones intermedias, cada una de un tamaño y de una significación diferente, pero todas dejando su huella, más profunda o menos profunda, sobre la personalidad que se va formando: el anarquismo; el misticismo en la acción de San Ignacio; el humanismo práctico; el contacto y el aprendizaje de las distintas formas de espiritualidad presentes en la India.
El punto de llegada, la estación actual, es la síntesis personalísima que Vicente Ferrer a base de observar, de escuchar y de actuar, ha sabido crear con todos los elementos presentes en su vida. Una nueva doctrina en la que se une lo mejor de la espiritualidad de Oriente y de Occidente. Una nueva doctrina en la que se une lo mejor de la espiritualidad de Oriente y de Occidente. Una nueva doctrina que no ha tenido ni tiempo ni interés en desarrollar, ni en plasmar por escrito - hay tanto que hacer, que a quién le queda tiempo para escribir, diría él-, pero que puede ser leída en todos y cada uno de los proyectos y obras que ha impulsado o ejecutado. Una nueva doctrina de validez universal, pero tan breve y tan sencilla, que podría resumirse en una sola frase: el advenimiento de la paz y de la justicia a través del desarrollo. Una nueva doctrina que le ha hecho merecedor de conservar durante toda su vida el título de "padre" y que en su nueva patria le ha hecho merecedor del de "maestro" porque sus hijos, seguidores y discípulos la siguen y la utilizan para orientar sus vidas.
Mi antecesor en la palabra se ha referido, al elogiar la figura de Vicente Ferrer, sobre todo a sus actos, a sus obras, a los frutos obtenidos con su trabajo y la dedicación de toda una vida. Una obra tan vasta, que ya puede ser traducida a datos objetivos, plasmada en cuadros estadísticos: pozos excavados, hectáreas regadas, árboles plantados, niños escolarizados, hospitales y dispensarios construidos... Una obra tan importante, que su verdadera dimensión sólo puede apreciarse, de verdad, en la profundidad de las vidas y de las conciencias que ha transformado. Una obra, en mi opinión, tan innovadora, tan revolucionaria y tan transcendente, que sólo el futuro nos revelará su auténtica capacidad expansiva, su auténtico poder para cambiar la realidad del mundo en que vivimos.
Pero estamos en una Universidad y Vicente Ferrer ha sido propuesto para entrar en su Claustro como Doctor Honoris Causa. Por eso voy a hablar de Vicente Ferrer y del conocimiento. De Vicente como "maestro" y como "doctor". No voy a hablar, desde luego de sus títulos, ni de sus estudios oficiales, ni de su dominio de las lenguas de los hombres, sino del conocimiento profundo que él ha conseguido y acumulado en su largo viaje, del conocimiento que ha utilizado como guía para su itinerario y conducta y que transmite a todos los que se acercan a su persona.
Y en mi opinión son tres las grandes verdades, las grandes áreas del saber en las que Vicente Ferrer ha penetrado de forma revolucionaria y en las que ha realizado aportaciones fundamentales para transformar la conciencia del mundo actual.
En primer lugar, el conocimiento, la conciencia de la pobreza, fruto de su vida en la India. Vicente ha dicho: "en la India la miseria se ha hecho cultura". Y él se ha convertido en maestro de esa cultura. Ha estudiado y domina su lenguaje, sus leyes, sus pautas de comportamiento y hasta sus potencialidades. Ha descubierto que en la pobreza todo acontecimiento, toda acción adquiere una dimensión comunitaria y que en esa dimensión, en la responsabilidad de unos sobre otros, está la clave para alcanzar soluciones, para satisfacer necesidades, para superar limitaciones.
La pobreza extrema como una enfermedad cruel y fatal que padece más de los dos tercios de la humanidad y en la que se han instalado con fatalismo y resignación regiones, países, continentes enteros. Una enfermedad que puede y debe ser curada si se cumple una sola condición: que el tercio restante de la humanidad, el que no la sufre, se cure de otra enfermedad igualmente grave y cruel, igualmente endémica: el egoísmo.
Miseria e indiferencia, pobreza y egoísmo, en efecto las dos caras de una misma moneda, los dos males asociados, complementarios y fatales que afectan a nuestro mundo. Pero Vicente nos lanza un mensaje de esperanza: aunque parezca una utopía inalcanzable, las dos enfermedades tienen cura, las dos pueden remediarse. Oriente puede salir de su indigencia. Occidente puede curar su ceguera.
En segundo lugar, el conocimiento, la conciencia de la acción. Hablamos de cura para las enfermedades de la humanidad y a continuación se nos marca el camino a seguir. Hay que actuar, hay que hacer el bien y nada más. Todo lo demás, sobra, es superfluo. La doctrina de la acción es única, es simple, es universal. Sobre ella no caben discusiones, polémicas ni argumentaciones. No hay dudas, puesto que su único postulado es: hay que hacer el bien a los demás hombres. Con una doctrina así, sólo hay una forma posible de proselitismo, sólo hay una forma posible de conversión: el voluntariado. Los discípulos se ganan para la acción. Y es así como Vicente ha atraído a centenares de personas de todo el mundo que colaboran con su obra, que realizan aportaciones a su modelo de desarrollo. Vicente Ferrer se ha convertido en un maestro de la acción.
Pero detrás de la aparente simpleza de esta doctrina, de su inocencia, adivinamos un entramado de convicciones arraigadas, de experiencias contrastadas, de conocimientos profundos, sin los cuales la acción corre el riesgo de perderse en movimientos estériles.
La obra de Vicente Ferrer es el resultado de lo que algunos han llamado "teología de la acción" y que postularía la primacía de la existencia y la posibilidad de transformar la realidad a partir de la actuación humana.
Porque cambiar la realidad a través de la acción y cambiarla en sentido positivo supone, primero conocer esa realidad profundamente; supone tener voluntad de cambiarla, es decir, ambicionar una nueva realidad; supone tener la convicción de que se puede cambiar; supone ser capaces de imaginar una nueva realidad y supone saber cómo llegar a ella. Es decir, supone el despliegue eficaz y tenaz de todas las facultades humanas en la persecución de un objetivo. Y ese despliegue puede ser estudiado a fondo y contrastado en la obra de Vicente Ferrer y de sus seguidores.
Y en tercer lugar, el conocimiento, la conciencia de la hermandad universal, del humanismo universal. Vicente tuvo que viajar a la que consideramos por antonomasia la tierra de las divisiones, de las castas, de los enfrentamientos religiosos, a la India, para aprender el lenguaje universal de la hermandad.
Y sus conclusiones son muy claras. La humanidad es una. Estamos divididos por infinitas razones, entre los hombres se alzan multitud de barreras: naciones, lenguas, razas, ideologías, creencias religiosas. Todo parece separarnos. Pero se trata de una mentira, de un espejismo, de una falacia. Allí donde un hombre ayuda a otro hombre, allí hay dos hermanos. Y todo los demás carece de importancia.
Hablamos de la India como tierra de divisiones, pero podríamos preguntarnos qué tierra no lo es, dónde está situada, en qué continente, en qué mar, la patria de los hombres que se sienten hermanos por encima de sus diferencias.
Yo hoy, aquí, en esta Universidad Politécnica de Valencia, defiendo la vigencia, el valor y la oportunidad del mensaje de Vicente Ferrer, de sus conocimientos, en nuestra tierra y en nuestro tiempo. Creo en la importancia que para nuestra vida en común, para nuestro futuro y el de nuestros hijos, tiene el que la humanidad avance en la curación de la pobreza y del egoísmo; creo en el poder transformador de la solidaridad y de las buenas obras; y creo que el afirmar una y otra vez, con tozudez, con convicción, la hermandad de todos los hombres, es el único camino que puede llevar a la humanidad a superar y soporta: el hambre, las guerras, la violencia. ¿Una utopía insensata? Quizá. Pero una utopía que desde hace treinta años se está haciendo realidad en un remoto y pobre Estado de la India.
Pero además, creo que Vicente Ferrer encarna una actitud moral que podríamos definir como el bien en estado puro y para esa disciplina es muy difícil encontrar maestro, tenemos muy pocos doctores. Por todo ello, apoyo y celebro el nombramiento de Vicente Ferrer como Doctor Honoris Causa de esta Universidad Politécnica de Valencia.
Muchas gracias.
Molt. Honorable Sr. President de la Generalitat Valenciana
Excmo. Sr. Ministro del Interior
Molt. Excelent Sra Presidenta de las Cortes Valencianas
Magfco y Excmo. Sr. Rector de la Universidad Politécnica de Valencia
Excma Sra Delegada del Gobierno
Honorable Sr. Conseller de Cultura, Educación y Ciencia
Excmo Sr. Presidente del Consejo Social de la UPV
Magficos y Excmos Sres Rectores de las Universidades Miguel Hernández y Cardenal Herrera CEU
Excmos e Ilustrísimos Sres
Excmo y querido Vicente Ferrer
Señoras y Señores
Agradezco, a la Universidad Politécnica de Valencia, el honor y la satisfacción que me concede de exponer los méritos de Vicente Ferrer, un luchador incansable por los derechos de los más desfavorecidos.
El desarrollo de la tecnología y el avance de las comunicaciones, nos llevan hacia un mundo más global, pero no necesariamente más justo: la brecha de la desigualdad aumenta. Datos recientes del Banco Mundial indican, que el nivel de vida del África Subsahariana es más bajo, en 1999, que a finales de 1960.
Desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, hasta nuestros días, hemos sido testigos de incumplimientos reiterados de los mismos. En nuestro planeta, hay un gran número de pueblos que necesitan algo más que palabras y comprensión de la comunidad internacional. Necesitan un compromiso verdadero y sostenido de ayuda para poner fin a sus ciclos de violencia, y encauzarse por una vía segura, hacia la justicia. Un nivel de vida digno: nutrición suficiente, atención sanitaria, educación, trabajo y vivienda, no son, simplemente, metas del desarrollo, son también derechos humanos. Como expresa la Declaración de Copenhague (Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Social, 1995): "Erradicar la pobreza es un imperativo ético, social, político y económico de la humanidad"
Desde el norte, en muchos casos, nos limitamos a contemplar, refugiándonos en una pretendida impotencia frente a los problemas de los países del sur. Estamos creando una sociedad en la que acuñamos, con absoluta frialdad, el calificativo de ilegales a otros seres humanos, donde cada vez más abrimos las fronteras a las mercancías y las cerramos a las personas. La realidad es que, a menudo, por acción u omisión, somos responsables de la situación de los países del sur, y somos reacios a aceptar que en nuestras manos, trabajando juntos, está la solución a los problemas. Desde un foro, como la universidad, cuya misión principal es progresar en el conocimiento, estamos obligados a proponer, junto con los habitantes del sur, los medios y las herramientas adecuadas, que mejoren sus condiciones de vida, siendo ellos los protagonistas de su propio desarrollo.
Nuestros estudiantes, no sólo deben salir de las aulas con un buen nivel artístico, científico o tecnológico, sino con una formación solidaria que los encamine por la senda de la cooperación con los más desfavorecidos, compartiendo y poniendo en práctica, con ellos, los conocimientos adquiridos en la universidad. En definitiva, los avances tecnológicos, a los que nuestra universidad contribuye decididamente, no son patrimonio de unos pocos que hemos tenido la fortuna de nacer en el norte, sino que pertenecen a toda la humanidad.
Si tuviese que hacer una breve semblanza de la biografía de Vicente Ferrer, rezaría así: Nació en Barcelona, hace 81 años, en el seno de una familia de comerciantes de fruta, valencianos. Desde niño, buscó dar sentido a su vida a través del servicio a los desheredados. De joven, fue anarquista y luchó en la guerra civil, en el bando republicano. Seducido por el pensamiento de San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola, se ordenó sacerdote entrando en la Compañía de Jesús, al filo de los treinta años, que más tarde abandonaría para contraer matrimonio con la periodista británica Anne Perry, que le apoyaría plenamente en su lucha por los derechos de los más desfavorecidos en la India. En la actualidad, Vicente Ferrer, junto a Anne, y su hijo Moncho, lidera una organización estable con más de mil trabajadores indios, que dedica sus esfuerzos a ayudar a más de dos millones de personas a salir de la pobreza. En 1998, fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia.
Pero la biografía de Vicente Ferrer, no puede resumirse en estas pocas líneas, basta leer el libro Vicente Ferrer: la revolución silenciosa escrito por Alberto Oliveras, para darse cuenta de lo azaroso de su vida, pero siempre con la mirada puesta en los más desfavorecidos. No sólo la mirada, puesto que Vicente Ferrer es un hombre de acción, como él mismo dice: "yo siento que ejerzo mejor mi apostolado excavando pozos o levantando escuelas para sacar a la población del hambre y la ignorancia". Que Vicente Ferrer es un hombre de acción queda patente en algunos datos que enumero a continuación: Desde que se creó el Consorcio para el Desarrollo Rural en Anantapur en 1969, se ha puesto en marcha numerosos programas de desarrollo en las comunidades más pobres. Su actuación se centra en seis sectores: ecología, mujer, discapacitados, educación, sanidad y vivienda. Más de un millón de personas integran el proyecto de la Fundación Vicente Ferrer. Se ha excavado 4.000 pozos y dado trabajo a más de 150.000 personas. En Anantapur se ha construido más de 1.300 plantas de biogas; se ha plantado más de diez millones de árboles para mantener el equilibrio climático y frenar la erosión del suelo; se ha creado más de 1.500 escuelas, además de quince centros para la atención de minusválidos. El 100% de la población de la zona está vacunada contra las enfermedades más frecuentes y se ha abierto dos centros para la atención de la mujer y la planificación familiar. Más de 600 profesionales atienden en los hospitales a más de 65.000 pacientes. La esperanza de vida ha pasado de 55 a 65 años.
Estos son algunos datos estadísticos sobre los logros de la Fundación Vicente Ferrer. Las estadísticas, desde la distancia son frías, pero hace unos pocos meses tuve la fortuna de visitar los proyectos que la fundación sostiene en Anantapur, y conversar largos ratos con Vicente. Y detrás de estas estadísticas, detrás de cada pozo, de cada hospital, de cada actuación, en definitiva, hay rostros de seres humanos que denotan esperanza en el futuro de la que antes carecían. He conocido personas, que gracias al esfuerzo de la fundación han superado el umbral de la pobreza, mejorando su calidad de vida. En los encuentros que he tenido con Vicente, he podido constatar su carácter humilde y sencillo, ya sé que no eres amigo de agasajos y oropeles, y que no es fácil para ti la asistencia a actos como el que celebramos hoy. Me consta que los aceptas como un tributo que hay que pagar para dar a conocer más los ideales de la fundación que presides, y también porque sé que en tu interior, compartes este reconocimiento con aquellos "Vicentes" repartidos por el mundo que desde el anonimato están día a día luchando por los derechos de aquellos cuyo único delito ha sido nacer en un lugar determinado del planeta.
No hace mucho leía un libro de la Madre Teresa de Calcuta, en el que decía: "Hoy en día hay mucha gente que habla de los pobres, pero muy poca gente habla con ellos". Vicente Ferrer es uno de esos pocos afortunados, al que como él dice, la Providencia se lo ha permitido. El logro de Vicente no ha sido sólo el desarrollo, sino el humanismo que ha sembrado en los espíritus. Ha conseguido lo más difícil: hablar un lenguaje universal que alcanza a todas las castas, desde los intocables hasta los brahamanes. Me gustaría acabar con una frase del father Ferrer, como allí le llaman, que resume su pensamiento: "La pobreza y el sufrimiento no están para ser entendidos, sino para ser resueltos"
Así pues, considerados y expuestos todos estos hechos, dignísimas autoridades y claustrales, solicito, con toda consideración y encarecidamente ruego, que se otorgue y confiera al Excmo. Sr. D. Vicente Ferrer, el supremo grado de Doctor, Honoris Causa, por la Universidad Politécnica de Valencia.
Muchas gracias.
