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Concurso Bolsa de trabajo Profesor Asociado

 
5. Paisaje y Urbanismo

La conservación del paisaje es una cuestión que ya no puede aplicarse exclusivamente a determinados enclaves específicos, reconocidos por sus valores estéticos excepcionales, ni tampoco a aquellos otros dedicados tradicionalmente al disfrute contemplativo o al contacto con una naturaleza felizmente reencontrada. Hoy afecta de hecho a todos los paisajes, incluyendo aquellos calificados con anterioridad como banales, que conforman de hecho el marco cotidiano de vida en cualquier población. Hoy el paisaje ha dejado de ser un mero contexto: el simple trasfondo decorativo del escenario urbano o bien el limitado escenario del edificio o del monumento. Pero tampoco puede entenderse simplemente como una parte más del sistema territorial, sino que debe constituirse en instrumento privilegiado que permita aprehender, comprender y administrar el medio físico en toda su integridad.

 

Las nuevas demandas sociales colocan hoy al paisaje en calidad de grandioso testigo, en soporte idóneo capaz de reflejar, a través de su apariencia, el valor real de las decisiones políticas adoptadas. Capaz de manifestar en sí mismo el impacto imprevisto de determinadas acciones, tanto públicas como privadas, el paisaje refleja fenómenos y actitudes que ya no resultan indiferentes para nadie. Las políticas públicas sobre el paisaje formuladas en los últimos años, señalan claramente las demandas sociales acerca del mismo, y proponen como respuesta medios de intervención que permitan, o impongan, su correcta gestión en el conjunto de estudios territoriales. La preocupación por el paisaje está simultánea y progresivamente integrada, de modo cada vez más intenso, en todos aquellos dominios de la intervención pública  susceptibles de asumir un impacto en el marco de la vida cotidiana o en el entorno.

 

Hasta hace poco sólo soportado, hoy el paisaje de las sociedades occidentales es un patrimonio deseado. Sin embargo, a este voluntarismo paisajista corresponden a menudo actitudes contradictorias, que implican un deseo más o menos consciente de manipular la apariencia del territorio, alejando el efecto paisajista de sus causas para asegurar la pervivencia y el valor de planteamientos teóricos. Pero a su vez, dichas actitudes también sirven para expresar claramente el deseo de la actual  sociedad, que quiere reconocerse a sí misma en su entorno, retomando el control sobre el mismo para  reinscribir la especificidad de aquello que se es y el lugar donde se vive.

Hoy la problemática del paisaje ya no se reduce, tal como expresan las sociedades post-industriales, a la valoración de un ámbito concreto, es decir, a la importancia de un lugar elegido. Cuando actualmente un colectivo se interroga sobre el futuro de los paisajes que le afectan, ya sea a escala urbana, metropolitana o comarcal, los valores que más le interesan y el grado de calidad que defiende se refiere a un continuum territorial.

 

Esto supone un verdadero reto para el arquitecto que trabaja en la temática del paisaje, ya que necesita ampliar su esfera de acción habitual y cambiar de escala: pasar del lugar al territorio, es decir, renunciar a un sitio limitado y mensurable, considerado como un espacio idóneo para la creación artística, y abordar un todo muy complejo recalificado como paisaje. Por lo tanto, dicho arquitecto debe afrontar esta complejidad sin generar cortocircuitos, es decir, produciendo respuestas formales inmediatas. Hay que insistir en que esta complejidad se inscribe en el corazón del paisaje moderno, que debe comprenderse y mostrarse como el reflejo del funcionamiento de un territorio que implica múltiples vectores. A raíz de ello, implicar al arquitecto en el ámbito del paisaje se ha convertido en una consideración indispensable en toda política del territorio que tenga en cuenta las interdependencias y las interacciones. En este nuevo contexto, como ya se ha indicado, su papel e intervención se estructura en torno tanto a la complejidad como a la diversificación.

 

En este renovado contexto, la figura del arquitecto se aproxima de hecho a la de un mediador, alguien capaz de reunir los elementos que permiten el conocimiento de los paisajes haciendo entender formas y dinámicas, concibiendo representaciones y formulando proposiciones proyectuales en las que basar adecuadamente, tanto una valoración calculada de dichos paisajes, como el porvenir del territorio. Por otra parte, su misión también se acerca a la del buscador, ya que mediante su proyecto debe proponerse sacar a la luz los procesos naturales y sociales que determinan las formas del paisaje y su evolución, aprehendiendo, a través del análisis de los agentes sociales, la naturaleza de los lazos simbólicos que unen el hombre a su espacio. En último extremo, el arquitecto debe ser sobre todo un proyectista capaz de imaginar nuevas posibilidades espaciales, partiendo del conocimiento concreto de los elementos que integran el paisaje, para llegar finalmente a una expresión creativa idónea.


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